La flojera de los laicos

El año pasado una conocida compañía de estudios de opinión desarrolló una completa investigación, cuyos resultados se entregaron en privado, sobre la imagen y valoración pública para la Iglesia de Santiago. Entre quienes tuvieron la oportunidad de conocer los resultados se comentó con bastante inquietud la penosa opinión de los ciudadanos sobre la Institución en general y, en particular, sobre los pastores representantes de la jerarquía eclesiástica.

“Con estos obispos -me comentó descorazonado un conocedor del tema- no hay camino posible”. Yo, con algo de sorna, le sugerí enviar el estudio al Papa para la futura designación episcopal en Santiago.

El estudio no debe ser muy diferente a las encuestas públicas conocidas; las últimas son de 2015. Por ejemplo, Imaginacción en el contexto de Semana Santa 2015 señala que el 73% de los chilenos declaran tener “poco o nada” de confianza en la Iglesia. El 83% dice que antes confiaba más y un elocuente 82% cree que la jerarquía ha estado más cerca de los victimarios que de las víctimas en casos de abuso sexual.

Algo parecido muestra Cadem de septiembre de 2015: Solo el 24% valora la acción de la Iglesia, que tiene menos aprobación que la CUT y los gremios empresariales. La Iglesia sólo supera al Congreso, los Tribunales y los conglomerados políticos. No digamos que se encuentra precisamente en un “sitial de honor”.

En la encuesta más reputada, la CEP, de diciembre pasado la confianza ciudadana en la Iglesia es de 30 puntos, 10 puntos menos que las radios, ubicándose en el barrio de los municipios y el movimiento estudiantil. La valoración de Carabineros casi duplica la de la Iglesia. Asumo en la próxima encuesta la distancia será menor, pero no precisamente porque la Iglesia mejore su valoración.

Una primera idea: Más allá del instrumento con que se mida, aparece como evidente la incapacidad de los “rostros” de la Iglesia para conectar con la ciudadanía en general. Peor aún, tampoco parecen conectar con nosotros los católicos. Hay datos que muestran que cuando no vemos en nuestros pastores los atributos que esperamos de nuestra Iglesia, comenzamos a descreer en la institución misma. Para los chilenos en general, incluyendo a quienes se declaran católicos, la Iglesia es una institución que carece de transparencia, de humildad, de cercanía a los problemas y necesidades de las personas. La lámina siguiente ahorra explicaciones.

Si vemos la valoración de la jerarquía, se explica bastante la situación de la Institución. Monseñor Ricardo Ezatti alcanza un 34% de valoración en CADEM (niveles similares que Carolina Tohá y la Presidenta Bachelet en la misma fecha de medición, según CEP). Monseñor Juan Barros, Obispo de Osorno, tiene una valoración tan positiva como el ex ministro Peñailillo y la alcaldesa de Providencia Evelyn Matthei. Escaso 20% declara que ellos tres le inspiran confianza.

Entre los sacerdotes medidos destacan sólo dos con valoración sobre 50%. Los jesuitas Felipe Berríos y Fernando Montes. Coincidentemente, ninguno de ellos son miembros de la jerarquía.

Una segunda idea: Si la Iglesia Católica quiere tener una mejor conversación con la ciudadanía, pareciera que no puede apoyarse exclusivamente en sus liderazgos formales para lograrlo.

Aquí hay una cuestión de fondo. A ratos los católicos, los laicos católicos, deambulamos entre la desesperanza y el error, manifestando y creyendo eso de que “la iglesia somos todos” pero con poca capacidad de poner a esa iglesia colectiva en el debate público. Vivimos a nuestros pastores al estilo de Calamaro, como “dulce condena”.

Desde la Espiritualidad Ignaciana a mí me vienen enseñando hace rato a sacar a los sacerdotes del pedestal de autoridad. No dar permiso al director espiritual para dirigir tu vida. No poner al pastor al centro de la religión sino al servicio de ella. Creer que cada uno de nosotros, sacerdotes y laicos, somos igualmente “enviados” por Dios a evangelizar un mundo que requiere, como dirían mis hijos, “que seamos felices y hagamos felices a los demás”.

Muchos vivimos una iglesia acogedora, tolerante y confiable. Dispuesta a dialogar con todos buscando permanentemente el ideal de “ser felices y hacer felices a los demás”. Una iglesia que es capaz de convocar y ofrecerse a todos. Una iglesia de movimientos y carismas diversos, amplios, acogedores. A mí me ha tocado vivir el de la CVX, no porque sea el único ni el mejor, sino porque es el que más se acomoda a la forma en que yo quiero vivir mi relación con Dios. Allí hay laicos trabajando para ofrecer vivencia de iglesia con espacio a la diversidad sexual, a los separados vueltos a casar, al bautismo cristiano a todo quien lo pida, no juzgando desde ideales sino alentando lo que buenamente uno puede hacer entre las urgencias y los dolores del Chile del siglo XXI. Una Iglesia que tiene una pastoral de formación de novios centrada en la comunicación de la propia experiencia matrimonial.

Lamentablemente esta iglesia de laicos es una iglesia que se hace, muchas veces deliberadamente, poco visible. Se ve mucho más una iglesia dogmática, a veces intolerante, para algunos censuradora. La iglesia que aparece (aunque no lo quiera) en guerra con el Movilh, con la reforma educacional y con el avance social en general. La iglesia que quiere mantener a toda costa y sin escuchar buenas razones la selección en los colegios y que no ha querido releer y degustar Amoris laetitia como lo hemos hecho algunos de nosotros. Quizás es falta de entrenamiento de algunos voceros miembros de la jerarquía o “voces autorizadas” vinculadas a ellas.

Los laicos, en este aspecto, descansamos en los curas. Aplaudimos desde la galería a algunos que se atreven a mostrar “matices”. Pero nunca -o muy pocas veces- para ser más justos, jugamos como protagonistas de nuestra iglesia. Sufrimos de una incapacidad de comunicar lindante en la flojera. Pareciera que cuando hay que marcar alguna diferencia, algún matiz con la jerarquía, alguna necesidad de mostrar una iglesia más cercana a Jesucristo que a la doctrina, más acogedora que castigadora, más abierta a estudiar y comprender que a dictar clases, no existen laicos que estén interesados en hacerlo. Hay que esperar que los padres Berríos o Montes estén dispuestos a “armar rosca”. Esperar que aflore la sabiduría práctica de Mariano Puga, la clara erudición de Jorge Costadoat o por ahí la sabiduría de la sencillez de Tony Mifsud.

Tengo no pocos amigos que de cuando en vez se sienten agredidos por la Iglesia Católica, o por la cara que más usualmente muestra. Son gente buena, que viven más cristianamente que muchos, gente solidaria, respetuosa, austera, que hacen muchas cosas por los demás. Constituyen familias que como grano de mostaza, germinan y sirven de cobijo a otros. Algunos de ellos son homosexuales. Otros han decidido, por diversas razones, convivir sin casarse. Alguno de ellos fracasó en una experiencia matrimonial. Otros han tenido hijos fuera de matrimonio.

Tercer idea: la Iglesia merece que los laicos salgamos a mostrarla. Merece que yo, y muchos otros como yo, podamos mostrar una iglesia real, sencilla, una iglesia de personas, con aciertos y con errores, una iglesia de pecadores que buscan seguir un mensaje partiendo de la valoración de todos quienes formamos el país. Una iglesia que está aquí para hacer de cada familia, al estilo del Papa Francisco, una “fábrica de esperanza”, independiente de cuál es su origen e historia. Para invitar a cada niño a ser bautizado simplemente porque Dios lo quiere. Para mirar las discusiones públicas desde una perspectiva cristiana. ¿Dónde están los expertos católicos en pensiones, en salud pública? ¿Qué nos puede decir desde la fe un católico sobre la selección escolar, sobre los niños acogidos en el Sename o sobre el acortamiento de la jornada laboral? ¿Tenemos opinión los católicos y nos convocan los debates sociales de nuestros tiempos?

No podemos seguir esperando que los curas nos hagan la pega. Es hora que los laicos dejemos de flojear y mostremos más la iglesia que hemos elegido vivir.

Luis Conejeros

Luis Conejeros

Periodista. Ex Presidente Nacional del Colegio de Periodistas de Chile, especialista en nuevas tecnologías aplicadas a la comunicación pública, coach en gestión del cambio y asesor de corporaciones públicas y privadas en comunicación social y marketing. En la actualidad es miembro del Consejo de Servicio de CVX Adultos Santiago.
  1. Veronica Sánchez Velasco

    Me parece muy gratificante leer este articulo que considero motivante, al menos, para muchos (as) para echar a andar de una vez por todas lo que precisamente viene diciendo nuestra Iglesia desde el Sínodo de Santiago y ratificado por el Celam (Conferencia Episcopal Latino-americana y del Caribe-2007) acerca de la participación de los laicos! no para irnos en picada contra los sacerdotes sino para HACERNOS ACOMPAÑAR de ellos con el único objetivo de construir El Reino.
    Es mi opinion
    Gracias por el espacio

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