“La duda es la antesala de la fe adulta”. Testimonio de un laico.

A través de su blog "Si las tortugas hablaran..." Matías ha querido traer a la discusión diversas reflexiones sobre nuestra sociedad e invitarnos a mirar desde su perspectiva crítica y soñadora nuestro actuar como cristianos. Esta vez, como invitado en el último encuentro de laicos del mes de abril, nos cuenta su testimonio, sus historias personales y sus idas y venidas en nuestra Iglesia Católica.

Soy un hombre felizmente casado. Tengo 3 hijos, el mayor tiene 8 años y está en un colegio católico.  El asunto es que, iniciando su 3º básico y en su primera clase de religión -con profesora nueva y frente a todo su curso-, dijo que él no creía en Dios. Y la profesora le respondió que él estaba en un grandísimo error. Cuando nosotros nos enteramos de esta situación, primero vino el asombro por tamaña declaración y segundo vino el asombro por tamaña respuesta de la profesora: él, un niño de 8 años estaba en un grandísimo error. Pero después, felizmente, vino la reflexión. Fue así que me puse en dos escenarios.

El escenario 1 era pensar que con mi señora le habíamos dado vida al Nietzsche del siglo XXI; era pensar que yo le había cambiado pañales al Albert Camus de la nueva era. O sea, era pensar que dormimos en nuestra casa, bajo el mismo techo, con un pequeño pero gran existencialista. La verdad es que esa hipótesis la deseché rápidamente porque era muy sospechoso tener a un cabro que dice que no cree en Dios, pero que cree a la par en el viejo pascuero, en el conejo de pascua y en el ratón que le deja una luca debajo de la almohada después de que se le cae un diente. Entonces no. La verdad es que mi hijo es un niño muy inteligente y muy sensible, pero no es un existencialista. Él sigue siendo un niño.

Y el escenario 2 era preguntarse, con apertura y con curiosidad, por qué él dice o tal vez siente que Dios no existe, aún teniendo 8 años. Y la verdad es que, conversando con él, mirándolo, observándolo, pero sobre todo conociendo su historia, llegué a la conclusión  de que mi enano dice que no existe Dios de pura rabia y decepción. A pesar de ser un niño muy chico, como otros niños, ha pasado por momentos difíciles. Y a mi me consta que él le ha pedido a Dios ayuda para resolver sus problemas. Pero como todos sabemos, la ayuda de Dios no llega siempre en la forma en que uno quisiera ni en los tiempos que uno esperaría y con la ansiedad de un niño eso puede ser mucho más crítico. Entonces, como no se hace el milagro y como no llega la ayuda,  ¡mejor ni verlo! ¡mejor ni te aparezcas! ¡mejor ni creer en ti! Entonces, de pura rabia y decepción, dejó de creer.

 

Soy un católico que sueña con una Iglesia más abierta, más inclusiva, más acogedora.

Traigo esta historia personal porque me parece que tiene elementos bien clarificadores de lo que han sido estos últimos años en cuanto a mi fe respecto a lo que está viviendo la Iglesia Católica actualmente. No hay que ahondar mucho: la Iglesia en el último tiempo (principalmente la Iglesia chilena) ha sido protagonista de escándalos públicos y de situaciones de abuso que, por supuesto, generan rabia y decepción. Además, para bien o para mal, soy un católico que tiene ciertas diferencias de opinión con nuestra jerarquía eclesiástica. Soy un católico que también tiene sus matices y diferencias en temas más disciplinarios y doctrinarios de nuestra Iglesia Católica. Soy un católico que sueña con una Iglesia más abierta, más inclusiva, más acogedora. Sueño con esta imagen de que algún día puedan sentarse a la misma mesa, para comer del mismo plato, beber del mismo vino y comer el mismo pan, todas las personas, sin exclusión de ningún tipo: ni por condición sexual, ni por estado civil,  ni miramiento alguno.

Pero esa Iglesia que yo sueño no siempre llega. De hecho, a veces uno escucha o lee señales en dirección contraria. Y como esa Iglesia que uno quiere no llega -ni en las formas ni en los tiempos que uno quisiera- viene de vuelta la rabia y frustración. Y cuando aparece la rabia, la frustración y la desilusión también aparecen las preguntas. ¿Será ésta mi Iglesia? ¿Tendré que seguir perteneciendo a esta Iglesia Católica hoy día cuestionada?

Por otro lado, también existe esta figura de “las voces que cantan fuera del coro”, haciendo referencia a las personas que estando dentro de la Iglesia tienen disonancias con ella. A ellos, a nosotros, muchas veces se les invita preguntarse por su fidelidad a la Iglesia o derechamente buscarse otra: “si no te gustan estas normas o esta doctrina, búscate otra” -dicen. ¿Tendré que buscarme otra? ¿Puedo seguir creyendo en Dios pero dejar de creer en esta Iglesia? Incluso, surgen preguntas más feroces, como la existencia de Dios. ¿Realmente existe?

 

Si les tuviera que hacer una confesión, les diría que hoy estoy en la antesala, con hartas dudas.

Escuché hace un tiempo a un sacerdote -que yo admiro mucho- decir que la duda es la antesala a la fe adulta. Esa frase la encontré bien potente por lo humana, pero además porque es una frase que sostiene y consuela muchísimo cuando uno anda caminando por el desierto, lleno de preguntas. La duda es la antesala a la fe adulta. Si les tuviera que hacer una confesión, les diría que hoy estoy en la antesala, con hartas dudas.

Entonces, si tuviese que dibujar mi fe, dibujaría un bote de maderas medias viejas, con unas velas un poco ajadas, un bote donde se nota el paso del sol, del oleaje, de las lluvias y del viento. Un bote medio maltrecho en la mitad del océano… maltrecho… pero flota.  Porque ese bote todavía flota. Porque yo siento que mi fe flota, media dañada quizás, pero sigue ahí. A diferencia de mi hijo, yo no soy un niño, no tengo 8 años, tengo 40. Soy un adulto y eso marca una diferencia. Yo no puedo de pura rabia mandar todo a la cresta. Por eso, siento que mis 40 años marcan una diferencia en dos sentidos.

Lo primero es que yo tengo una historia con la Iglesia. Felizmente la mía es una buena historia. Fui formado en un colegio y en una casa donde siempre apareció la figura de un Dios tremendamente acogedor, un Dios amigo, un Dios cercano, pero sobre todo un Dios tremendamente humano. Tengo grandes amigos sacerdotes, tengo admiración por un montón de laicos católicos que hacen una tremenda pega. He participado y sigo participando en comunidades. Nosotros tenemos una comunidad de matrimonio que va a cumplir cerca de 10 años, que a mí me ha hecho mucho bien. Mi relación con la fe ya dejó de ser una relación racional, ideológica o doctrinaria, para convertirse en una relación más afectiva. Le tengo mucho cariño y gratitud a la Iglesia Católica, a pesar de las diferencias que pueda mantener. Ese vínculo es una cuenta de ahorro gigante al momento de hacerse estas interrogantes y preguntarse si seguir o no seguir en la Iglesia.

Y lo segundo que me parece interesante destacar es que un adulto, a diferencia de un niño, tiene la capacidad de diferenciar. Dicho en lenguaje ignaciano, se trata de la capacidad de discernir. Y eso nos permite entender que, como en todo – en la política, en la empresa y en diferentes instituciones-, hay cosas que no me gustan de la Iglesia, pero al lado de eso que no comparto hay también tremenda inspiración, hay tremenda luz. Existen religiosas, sacerdotes y laicos que están en rincones y en lugares haciendo una pega que nadie más quiere hacer. Entonces, cuando uno hace y logra hacer esa diferencia, las cosas cambian.

En ese sentido, yo creo que la rabia y la decepción tienen que tener su espacio. Yo creo que, efectivamente, es muy sano que todas las personas hagan el duelo respecto a lo que puede estar pasando hoy en día en la Iglesia Católica. Es muy sano que esa rabia tenga su tiempo. Pero yo creo que la rabia no puede teñirlo todo, simplemente porque siento que no es justo que lo tiña todo.

 

¿Seré yo Señor?

Hace unos 3 años estaba leyendo el diario La Tercera un domingo en mi casa y vi una columna titulada, ¿Seré yo Señor? Era una columna en donde una mujer llamada Mónica narraba de manera bien anecdótica su experiencia con la Iglesia. Mónica contaba que, tanto el sacerdote que la había bautizado, luego el que la había dado la primera comunión, el que la había casado y finalmente el que había bautizado a sus hijos, todos ellos terminaron enredados en escándalos de abuso.

Leí esa columna, me entretuve, estaba bien escrita además, era una historia real, anecdótica pero real. Y yo decidí responder a Mónica con otra columna. Por supuesto que no me la publicaron en La Tercera pero anduvo por ahí dando vueltas en las redes sociales. La titulé de la misma manera: ¿Seré yo Señor? Pero en esta oportunidad era yo quien le contaba a Mónica mi experiencia en la Iglesia, y le decía que los sacerdotes que me habían bautizado, dado mi primera comunión, casado y bautizado a mis hijos, ninguno de ellos estaban enredado en asuntos cuestionables.

Al final de esa columna yo digo algo que sigo creyendo hasta el día de hoy y que lo voy a citar: “Sé que no es muy popular salir en defensa de la Iglesia hoy. Yo también tengo una mirada crítica. Sin embargo he decidido quedarme. En parte por la lealtad a quienes dan su vida con vocación y servicio de manera anónima y laboriosa en distintos rincones de Chile y el mundo; en parte por creer que desde adentro uno puede aportar en el camino hacia una Iglesia más humano, inclusiva y para todos y todas, sin excepciones; y como no, por fe, aún con dudas, por fe. Al finalizar su columna, Mónica se pregunta con ironía “realmente, ¿seré yo señor?”. Y yo creo que sí y no. La Iglesia Católica es lo suficientemente ancha para que quepa la anecdótica vida de Mónica, la mía y muchas más. En ella habitan luces y sombras, como en todas partes. Hay historias tristes y felices, santos y malvados. Lo importante –espero- es que al final no se nos mida por cuántas reglas fuimos capaces de cumplir, sino por cuanto amor fuimos capaces de entregar. Y en eso caben todos. Mónica también.”

Aún con las preguntas a cuestas, todavía en la antesala, todavía con las diferencias, yo decidí quedarme en la Iglesia. Y decidí hacerlo en parte por lo que ya he dicho en este testimonio, pero sobre todo porque siento que los laicos tienen un rol importante que cumplir en esta parte de la historia. Primero, porque los laicos gozamos de más libertad para decir lo que pensamos y plantear nuestras diferencias. Y segundo, porque quiero ser un aporte a la Iglesia que yo quiero y sueño.

Ya me convencí. Probablemente esa Iglesia que tengo en la cabeza no va a llegar hoy día ni mañana, ni pasado, ni en uno, en 5 ni en 10 años más. Probablemente no llegue mientras yo esté vivo en este mundo. Pero estoy convencido que va a llegar y esa es mi apuesta. Qué interesante es esto de la apuesta. Ahí están mis fichas y ahí está mi convicción. Y está probablemente lo que me mueve en esto de ser católico. Yo quiero ser un aporte cuando eso suceda.

 

Esperando que nos llegue la primavera

A propósito de apuesta, y con esto termino, siempre he pensado que la parte más alta de la vida de un católico, la cúspide y el clímax de toda esta historia, no está en las normas, no está en el pecado, no está ni en las culpas ni debajo de las sábanas. La parte más alta de la vida de un católico está en la esperanza. Y dicho en jerga evangélica, está en la resurrección: esto de creer que a pesar de nuestros errores, de nuestros fracasos, de nuestras caídas, uno puede volver a nacer y uno puede volver a rehacer su vida.

En algún momento le escuché al padre Fernando Montes citar la Oda al Cactus de la Costa de Pablo Neruda. Un texto precioso, que no solamente se ha convertido en un himno de vida, sino que es un himno que me ha sostenido en la Iglesia Católica. Es un texto donde Pablo Neruda habla de un cactus feo, erizado, negro y espinudo que habita en los roqueríos de la costa central y que es azotado permanentemente por las olas. Un cactus insignificante que nadie ve pero que cuando llega la primavera aparece un rayo rojo y ese cactus florece como ninguna otra flor.

Al final de su poema, el poeta dice así “Así es la historia y ésta es la moral de mi poema: donde estés, donde vivas, en la última soledad de este mundo, en el azote de la furia terrestre, en el rincón de las humillaciones, hermano, hermana, espera, trabaja firme con tu pequeño ser y tus raíces. Un día para ti, para todos, saldrá desde tu corazón un rayo rojo, florecerás también una mañana, no te ha olvidado, no, la primavera: yo te lo digo, yo te lo aseguro, porque el cactus terrible, el erizado hijo de las arenas, conversando conmigo me encargó este mensaje para tu corazón desconsolado. Y ahora te lo digo y me lo digo: hermano, hermana, espera, estoy seguro. No nos olvidará la primavera”.

Y yo seguiré en la Iglesia… con dudas, diferencias y en la antesala, esperando que nos llegue la primavera.

Matías Carrasco

Matías Carrasco

Periodista, consultor y padre de familia. Escritor y autor del blog "Si las tortugas hablaran...".

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